Justin Kluivert (Zaandam, 1999) es un chico que invita a la esperanza. Se ha ganado a pulso ser considerado como una de las mayores irrupciones europeas pese a jugar en una liga menos frecuentada. Pocos serán los que no hayan oído hablar de él, ya sea por su árbol genealógico (hijo y nieto de exfutbolistas) o por lo llamativo que resulta verle por primera vez. Pese a que su padre rozaba el 1,90, Justin está sobre el 1,75, así que la genética, al menos por ahora, difícilmente permitirá que se parezcan en cuanto a estilo de juego. El primero era un delantero centro potente y elegante; el segundo, un extremo ligero y ágil. Uno puede pensar que se hubieran complementado bastante bien en el caso de ser coetáneos.

Durante la temporada se le ha visto jugar en ambos perfiles del 4-3-3 empleado por Peter Bosz: tanto de extremo derecho (ejemplo: contra el Schalke) como de extremo izquierdo (ejemplo: contra el Feyenoord), partiendo muchas más veces y con mejor rendimiento a pierna buena (derecha). Aunque esto último es debatible, por supuesto, sobre todo para quien haya podido verle durante la UEFA Youth League donde sí ha jugado mucho más a pie cambiado con buenas cifras. Sea como fuere, Kluivert ha llamado la atención en cada partido que ha jugado precisamente por lo que se le pide a un canterano de su corte: por la alegría y el desparpajo.

Se trata de un jugador de banda puro, con buen manejo de su pierna no hábil (izquierda), un extremo de encarar y desbordar, de desequilibrar y de fantasear. Gracias a su físico, es muy difícil pararle en el uno contra uno puesto que es muy ágil, muy rápido y muy ligero. Lo bueno de su perfil es que, como solemos pensar -casi por inercia-, se le ve ayudando a su lateral bastantes veces. Su personalidad ofensiva no se corresponde con la defensiva: arriba es atrevido, abajo disciplinado. Aunque es obvio que su físico, aunque le permite ser eléctrico, tiene sus peros: no aguanta un cuerpo a cuerpo en condiciones y apenas ha completado 90 minutos con el primer equipo en un encuentro (1-1 frente al Excelsior, donde marcó su primer gol en Eredivisie). Lo normal para un chico de 17 años en plena irrupción.

Es un extremo que llama la atención por su inocencia: juega como si no importaran las circunstancias. Bien puede dejar atrás a Aogo en cuartos de final de la Europa League como desbordar a cualquier lateral de la parte baja de los Países Bajos. No le importa; aún no se ha dado cuenta de dónde está y sigue jugando como si estuviese en el patio del colegio (mi subconsciente me nombra a Neymar cuando pienso en esta característica). La banda derecha, actualmente, se adapta más a su escasa madurez, ya que ello le simplifica la acción: agarrar la pelota, encarar y centra (o como mucho, tirar la pared con el compañero). Cuando parte desde la izquierda, pueden verse cosas del Kluivert que puede ser. Sigue siendo profundo, pero quizás un poco menos efectivo ya que le obligas, una de dos, a usar la zurda o a interiorizar. Y para eso hace falta tiempo. No hay prisa.

Artículo originalmente publicado en El Nueve y Medio

Imagen de portada: El Nueve y Medio

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