Suele ocurrir que, para que un conjunto sea útil por sí mismo, es necesario disponer de todas las piezas necesarias que lo componen. Aunque más que para hacerlo funcionar, es importante para armonizar su funcionamiento. Sucede en la música, en la cocina, en el cine, en el fútbol, en la vida o en el amor: cuando uno de los fragmentos que lo hacen perfecto (entiéndase perfecto como equilibrado) se desprende, automáticamente deja de serlo. Suele ser necesario, aunque a veces puede ser solamente recomendable (la locura y la genialidad, en según qué circunstancias, también escribe porqués de la historia). Sin embargo, aquello que es especial per se, no le hace un montón de manos protegiéndolo de la caída. Muchas veces basta con hacerle mirar a un espejo y decirle: “Eres diferente. Aprovéchalo”. Él mismo cogerá el petate y pondrá rumbo hacia sus límites.

Mestalla es una afición de extremos y excesivamente impulsiva. Es fácil de complacer y fácil de enfadar. Tan pronto te aplaudirán como te silbarán. Esto le puede ocurrir a cualquier jugador: al canterano, al delantero estrella, al capitán… A todos, excepto al heredero. Me refiero a aquel caballero de finas telas y elegante andar que porte a sus espaldas la pesada y maravillosa carga del ‘21’. Pablo Aimar y David Silva sentaron cátedra sobre lo que suponía llevarlo: se le permite ser irregular, defender un poco menos que el resto e incluso ser intrascendente a ratos. A cambio, sólo se le pide una cosa: que haga magia, que genere un rumor de incertidumbre en la afición rival cada vez que coja el balón.

Nació en una pequeña freguesía de 10.000 habitantes, pero André nació para torear en grandes plazas y vivir en grandes capitales. Valencia le acogió con más expectación que críticas. Era otro de los jóvenes lusos de Mendes, otra incógnita a cambio de 15 millones de euros. Pero apenas tardó en meterse al público en el bolsillo. Le creímos como un mediocentro posicional de distribución, pero demostró ser un interior ofensivo con recorrido y, sobre todo, muchísimo talento por explotar. Empezó a erigirse como el complemento perfecto para Parejo en un trivote. Tanto es así, que muchas veces se siente solo con un interior del perfil de Danilo al lado. Todo el peso ofensivo por el carril central recae sobre su dorsal. Y cuando puede, demuestra que, no sólo no le viene grande el protagonismo, sino que dentro de no mucho tiempo le sabrá a poco.

Hace unos años aprendí un concepto en clase que le viene como anillo al dedo. Se define un punto de fuga como el lugar (habitualmente en una fotografía) en el que convergen dos o más líneas paralelas hacia el infinito. El observador, por mera inercia ante la claustrofobia provocada, dirigirá su mirada hacia ese punto y suspirará aliviado. Se sentirá libre. Su imaginación volará y será capaz de hacer cualquier cosa que se proponga mientras sus ojos no se aparten de ese desahogo. André es precisamente eso: el punto de fuga en habitual 4-3-3 del Valencia. Cuando el equipo se siente atrapado, todos miran las dos líneas paralelas que forman las piernas del portugués. Saben dónde está la salida. Denle el balón. Él conseguirá poner en ventaja al equipo durante un par de segundos, los suficientes para coger aire y no morir ahogados.

André es esa bocanada de aire, ese instante en el que el rival parece paralizarse y no tener reacción ante tal derroche de virtuosismo. Gomes encuentra una pequeña grieta, la hace más grande con un sutil juego de pies y aprovecha el espacio para correr a campo abierto. Es un prodigioso conductor, potente y con habilidades de ilusionista. Porque por si fuera poco, retazos de Zidane o Iniesta a la hora de esconder el balón también le poseen.

En 1976, Joaquín Soler Serrano le dijo a Jorge Luis Borges que convertir los sentimientos en matemáticas es algo muy complicado y muy hermoso. A lo que es escritor contestó brillantemente: “La tarea del arte es ésa. Es transformar lo que nos ocurre continuamente en símbolos, transformarlo en música… Transformarlo en algo puede perdurar en la memoria de los hombres. Y nuestro deber es ese. Tenemos que cumplir con él. Si no, nos sentimos muy desdichados…”. Eso precisamente es André Filipe Tavares Gomes: la rutina divertida, una fugaz reminiscencia en la oscuridad. Quizás el único pero que tiene a día de hoy son sus números fríamente analizados. Pero para los datos siempre es pronto; para enamorar siempre es tarde.

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