Al contrario de lo que se podía pensar ─por opiniones de otras personas que, quieras  que no, influyen en el cómo─ Lyon es una ciudad bastante bonita, sobre todo cuando el horizonte sirve de sábana para un sol somnoliento. Una zona como Vieux-Lyon, más parecida a ciertos pueblos italianos, es altamente recomendable. Llegar es un poco más complicado; más aún si no vives en una ciudad que tenga un vuelo directo. En nuestro caso (yo y mi acompañante), empezamos el viaje en coche a Barcelona y el avión hasta la antigua capital de la Galia en el Imperio Romano. Desde el aeropuerto, dos opciones: Rhônexpress por 15€ y media hora de espera; o autobús más tranvía por 2€ y cerca de una hora de trayecto. Dentro de la ciudad ─y siendo turista─ lo más sencillo es ir en metro a todas partes; también a Gerland cuando hay partido. Y el hecho de que fuese el Valencia quien visitase al Olympique, hacía grande el choque. Eso y un estadio encima de una colina. Dos equipos de un nivel parecido, peleando por el liderato del grupo junto a un Zenit que está demostrando ser mejor que el resto.

El clima era fresco en comparación al que estamos acostumbrados en el Mediterráneo. Fue la afición francesa la que se encargó de calentar el ambiente. Gerland fue una olla a presión. Ayudaba mucho el altavoz que utilizaba el director de la orquesta. Así es mucho más sencillo alentar a las masas. El reducido grupo de aficionados chés quedó ensombrecido por la algarabía coral de los Bad Gones y del resto del estadio. Pero todo fue en vano. El Valencia salió al campo como quien va a misa; como el cartero que realiza su trabajo sin florituras ni celebraciones de más ─que diría Mario Balotelli─. Nada pareció afectar al equipo de Nuno, que con una entereza y un saber estar envidiables, convirtió a ratos los muchos aplausos en tímidos pitos hacia Fournier. Normal, por otra parte. Un Lyon de media tabla, irregular en el juego, con su estrella lesionada hasta 2016 (Nabil Fekir) y con problemas de vestuario. En Mestalla hace tiempo que habríamos quemado el estadio y los edificios colindantes, pedido la cabeza del entrenador y reclamado diez fichajes nuevos en el mercado de invierno. Aun así, la afición de Gerland estuvo sobresaliente.

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Foto: Ágata Pita

Tras la victoria ante el Granada, Nuno volvió al clásico 4-3-3 y se dejó de rotaciones: Fuego en la cobertura, Enzo en las ayudas y Parejo al timón; Abdennour (Aderlan) y Mustafi atrás, ejerciendo de muros infranqueables de otro muro a veces incluso más infranqueable aún (Jaume Doménech). La mayor novedad, si se puede ver como tal a estas alturas, fue Negredo arriba. Un Álvaro que fue la nota negativa de un Valencia que recuperó las sensaciones de competitividad que había perdido en Cornellà. El delantero vallecano apenas ganó duelos aéreos, apenas aguantó balones y no es el más indicado para jugar al contragolpe. No fue su noche, pero tampoco tenía que serlo. Fue la noche de todos: de un buen planteamiento de Nuno, del regreso al sistema y a los jugadores correctos. Más allá de eso, sí hubieron nombres que destacaron por encima de un notable bloque: Jaume, Enzo Pérez, Parejo y Feghouli. Sé que son muchos, pero esto es el Valencia. Aquí o rinden la mayoría o no rinde casi ninguno. Hay poco término medio. Piatti quizás sea el otro (pequeño) pero. Volvió a demostrar implicación máxima, trabajo y sacrificio necesario, pero volvió a escasear en recursos ofensivos, más allá de la verticalidad habitual y de la asistencia de gol.

El OL fue amplio dominador del partido. Fournier planteó el asiduo rombo en el centro del campo, con la inclusión de Sergi Darder en lugar de Ferri en el interior derecho. No duró mucho por lesión. Pese a todo, los mejores aquí sí tuvieron nombre y apellidos más claros: Jallet (al menos durante un tramo bastante largo) y Valbuena. La palabra que mejor defina al mediapunta quizás sea la de “incordio”. Movilidad, capacidad de giro, agilidad y mucho dinamismo. Siempre combinando y haciendo jugar; cayendo a las bandas según soplaban los vientos del partido. Pero últimamente está solo en Lyon. La dinámica del equipo también le hace perder cierta confianza. Se notaba mucho en la grada: cuando Lacazette o Kalulu tiraban un desmarque peligroso, nadie se atrevía a meterla en profundidad y el público resoplaba molesto. Yo temía más que la media, ya que desde mi perspectiva (Virage Sud) los desmarques parecían un intento constante de picadura. Pudieron ganar y, seguramente, a ojos de las estadísticas lo merecieron, pero lo cierto es que el partido se jugó a lo que quiso el Valencia. Además, nos llevamos varias lecciones de aquella noche: ni Lyon es tan fea, ni el Valencia está tan mal.

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