En la vida, hay momentos en los que todo se viene abajo. Todo por lo que un día luchaste, sin saber muy bien por qué se marcha y sabes que no volverá. Te engañas durante mucho tiempo pensado que sí lo hará, pero lo cierto es que es mejor que no lo haga. Cuando te golpean de esta manera, tienes dos opciones: vivir anclado en el recuerdo de algo que no pudo ser o seguir adelante. No, la opción de olvidar no está disponible. Olvidar es una de las grandes mentiras de nuestro tiempo. Es imposible hacerlo por voluntad propia. Sólo aprendes a cerrar heridas y sobrellevas las cicatrices con otros cuentos. Cuantos más palos, más duro se vuelve nuestro semblante. Sonreiremos de vez en cuando, pero nunca será igual. Sólo te enamoras de verdad una vez y es la que te pesará durante toda la vida. Es nuestro terrible castigo aquí; ese desencanto progresivo por todo lo que nos rodea. Cada vez más y más cansancio.

Cómo hemos cambiado…

Un par de días antes, José Antonio Camacho decidió dar -solamente- una parte de la lista de convocados para la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos (2000). “Etxeberria, Urzaiz, Abelardo, Guardiola, Sergi, Alfonso, Velasco, Fran, Engonga, Munitis, Aranzábal y Paco Jémez”, comunicó vía fax. (También aprovechó para citar a los de la sub-21, entre los que llamó a Aranzubía o Luque, junto un tal Xavi Hernández y un tal Carles Puyol). Doce nombres sin incluir a Atlético de Madrid, Espanyol (finalistas de la Copa del Rey), Real Madrid y Valencia. Aunque había consenso con quiénes tenían que completar la plantilla, hubo nombres que se quedaron en la cuneta pese a su buena temporada. Salva Ballesta (pichichi aquel año con el Racing de Santander) o Julen Guerrero, los más decepcionados con la decisión.

Junto a la convocatoria de la Selección, la renovación de Del Bosque como entrenador del Real Madrid era otro de los trending topic, que diríamos hoy. Tras la paupérrima temporada del equipo en Liga (5º; con el Dépor campeón con 69 puntos), al salmantino sólo le quedaba Europa para salvar los muebles. Aquel mismo día, de igual forma, Lorenzo Sanz anunció la prolongación de su contrato.

La situación en el campeonato nacional sería absolutamente impensable hoy en día, no sólo por la posición UEFA del equipo capitalino y de la coronación del Súper (y Euro) Dépor como rey de España, sino por el descenso de Atlético de Madrid y Sevilla, sumados al Betis. Las Palmas, Osasuna y Villarreal ascenderían desde Segunda, con Salamanca, Lleida, Mérida, Levante, Extremadura y Sporting de Gijón cerca de hacer lo propio (mira, hay cosas que no cambian; una de ellas es la igualdad de la categoría de plata). Por su lado, Lazio, Bayern de Múnich y Manchester United ganaban sus correspondientes títulos de Liga, mientras que los Lakers campeonarían en la NBA tras vencer 4-2 a los Pacers. Ah, y el Arsenal perdía la UEFA ante el Galatasaray por penaltis.

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‘El Piojo’ López | Foto: EFE

Las primeras veces

Suele estar de acuerdo todo el mundo cuando se habla de las primeras veces: no es la mejor, pero sí la más especial. Lo cierto es que para aquel Valencia fue su primera vez en mayúsculas. Como si de un apartamento alejado de la civilización se tratase, París, la ciudad del amor, adornó sus entrañas con pétalos de rosa y velitas aromáticas, mientras Where the river flows de los Scorpions parecía sonar de fondo con cada demostración de romanticismo por parte de una afición nerviosa, primeriza e ilusionada.  Lo afrontas como puedes, sin más. Sueñas cada día con que te llegue el momento y con que, por favor, salga todo perfecto. En el transcurso te das cuenta de que no es tan sencillo como te lo habían pintado desde fuera. Las finales hay que jugarlas y hay que ganarlas. Sin embargo, sabes que pase lo que pase, el cariño y la empatía crecerán inevitablemente. Para alguien que no está acostumbrado a ganar siempre, estar ahí ya es un premio que nadie le podrá robar.

Pero no sólo para los valencianistas fue un primer contacto con la gloria más absoluta en esto del fútbol. También para un hombre con cuerpo de adolescente que terminó el partido llorando. Iker Casillas, actual capitán del Real Madrid, debutaba en el primer equipo en aquella temporada 99/00. Sí, el actual capitán del equipo blanco, quien tiene dividido a un gran sector del Santiago Bernabéu, iba a jugar su primera final de Champions League, cuajando además una actuación sobria, solvente y sin sobresaltos. “Tiene problemas con los balones aéreos y el Valencia puede aprovecharlo”, comentaron entonces los comentaristas de la ESPN durante el choque (veis como hay cosas que no cambian).

“Hoy, bajo los voladizos de Anoeta, Iker Casillas sumará un nuevo episodio a la asombrosa aventura de su carrera profesional. Como siempre, cumplirá con su rígido protocolo de arquero de 2000: vestirá alguno de esos llamativos jerseys fosforescentes que imitan el caparazón de un escarabajo tropical, revisará maquinalmente la simetría del elástico de sus medias blancas, tirará una línea imaginaria hasta el punto de penalti, calculará las distancias a los postes, ajustará, dedo por dedo, las costuras de sus guantes palmeados y se plantará desafiante sobre la línea de gol. Sin perder un minuto, los cronistas se apresurarán a interpretar los dibujos tácticos, y los espectadores, atrapados por el magnetismo del juego, se enfrascarán rápidamente en los vaivenes de la pelota. (…) Desde ese instante, la suerte del partido, los nervios de la hinchada y los arcanos de la Liga estarán pendientes de él. De un chico de dieciocho años.

(…) Sin embargo, no hay que equivocarse con Iker. En realidad empezó a hacerse grande el 10 de mayo de 1997, hace tres temporadas. Aquel día, cumplida con empate la prórroga de la final de la Eurocopa sub 16 ante Austria, se cuadró bajo la portería para defenderla del último y decisivo lanzamiento desde el punto de penalti. La secuencia fue rápida: se oyó un disparo, y él, crecido en la soledad del portero, no voló como un águila, sino como un proyectil. Llegó al palo, reventó la pelota de un manotazo y se proclamó campeón. Más tarde ganaría el Mundial sub 20 en Nigeria, y de repente se lesionaba Illgner, y Bizarri sufría el calambre de la fama, y fueron a buscarle a casa. Y véanle ahí, convertido en un anciano de dieciocho años“.

Julio César Iglesias (El País, 1 de abril del 2000)

Pero también fue la primera vez para alguien al que recordamos con cariño en Valencia. A Carboni siempre le perdió su carácter, lo cual fue también su mayor virtud. Los jugadores con tanta personalidad sobre el campo tienen que compensar el buen número de partidos que se van a perder con algo, y ese algo se llama carisma, liderazgo. El de Arezzo iba sobrado de ello. Se pasó 7 años en la Roma y llegó al carril izquierdo de Mestalla con 32 años (1997). Jugó otros 9 años como jugador blanquinegro. Carboni es un tipo que te puedes encontrar por las calles de Valencia paseando al perro, habitualmente cerca de la calle Jacinto Benavente. De hecho, así hablé con él un día hace ya muchos años. Sólo recuerdo que eran Fallas y que fue muy amable durante esos 30 segundos que tardó el semáforo en volver al verde. Por cosas como esta, uno recuerda con especial amargura que se perdiese su primera final de Champions League.

“El día que debutó en la Liga, en septiembre de 1997 ante el Barcelona en Mestalla, ya fue expulsado por una espectacular entrada precisamente a Figo. Tres años y tres magníficas temporadas después, otra entrada a la estrella portuguesa del Barça lo ha dejado de nuevo en la cuneta. Carboni arrastra un historial casi delictivo desde que está en España: se ha perdido 16 partidos por sanción (tres en la primera Liga, dos en la segunda, ocho en la recién terminada, dos en la pasada Copa de la UEFA y éste de la final de la Liga de Campeones). Y, sin embargo, Carboni se vanagloria de no haber lesionado nunca a nadie, entre otras cosas porque juega siempre con tacos de goma, una garantía de que sus entradas harán menos daño que si jugara con tacos de aluminio

Cayetano Ros (El País, 23 de mayo del 2000)

Ni Fagiani (recambio natural), ni Björklund (central que podía actuar de lateral). Héctor Cúper decidió poner como titular a un mediocentro, canterano del Real Madrid, que llegó ese mismo año de un recién ascendido Villarreal. Gerardo jugó 12 partidos en el Valencia y uno de ellos fue la final de la Copa de Europa. Y bueno, vale que el gol de Morientes (1-0) se genera por su banda, pero lo cierto es que no desentonó especialmente. A Míchel Salgado le salió el centro, aun cayéndose. Podría decirse que el Valencia tuvo, marcajes a parte, algo de mala suerte en aquel tanto. Es imposible imaginar que hubiese pasado si Carboni hubiese estado marcando a Anelka al inicio de aquella jugada. La vida es eso que pasa mientras nos preguntamos: “¿Y si…?”. De todas formas, aunque nos lo preguntemos una y otra vez, lo cierto es que el Real Madrid fue un justísimo vencedor de aquel partido, por lo que no vale la pena. Quizás por eso duela menos recordar aquello.

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Hombres por encima de los nombres

No, Gerardo no tuvo nada que ver con la derrota ché aquel día. Si tuviese que describir el rendimiento del Valencia aquel día, lo haría con el adjetivo “paupérrimo”. Defensivamente, el colectivo estuvo bastante decente hasta el primer golpe en el 39′. Dos líneas de cuatro bien definidas: la primera, formada por Angloma, Djukić, Pellegrino y Gerardo; la segunda, por Mendieta, Farinós, Gerard (quien se adelantaba hasta la mediapunta para formar un rombo en transición ofensiva) y ‘Kily’ González, quien fue duda hasta el último momento por lesión. Arriba, el ‘Piojo’ López junto a Angulo buscando la velocidad. Las premisas eran claras: orden, intensidad y salidas rápidas.

Por su parte, el Real Madrid tenía a Hierro con molestias lo que hizo a Del Bosque salir con una defensa de tres centrales formada por Iván Campo, Helguera y Karanka; con dos carrileros a sus lados: Míchel Salgado y Roberto Carlos. Posiblemente, en esta línea estuvo la clave del partido. El miedo del Valencia hizo que apenas se atrevieran a desprotegerse, por lo que el enfrentamiento de sus dos delanteros con Iván Campo y Karanka -especialmente-, fuese complicado. Por si no fuese suficiente, un perro de presa cobijaba el centro del campo blanco. Un tal Fernando Redondo, uno de los mejores ‘5’ de la historia de Argentina. Un jugador al que “quisieron vender” y pocas semanas estaba haciendo las maletas para Milán. Su partido en París fue descomunal. Jugó con dos interiores de calidad: McManaman (segundo goleador tras una fantástica volea) y un imberbe Raúl González Blanco, quien haría el famoso tercer gol. Suena curioso leer que Raúl, uno de los mejores delanteros españoles de este nuevo siglo, alternase por entonces su posición con el centro del campo. Suena aún más raro saber que en su actual equipo (sí, esto está escrito en 2015), el New York Cosmos, se le vio entre centrales en un amistoso ante Cuba. Ayudando a sacar el balón.

“En Europa el Valencia es objeto de todo tipo de análisis. Se preguntan por la clave del éxito de un equipo que ha completado un sensacional torneo. Lo que se preguntan en Europa, ya se sabe en España. Héctor Cúper ha armado un equipo vitalista, rápido y solidario. En la Liga de Campeones ha marcado muchos goles y ha recibido pocos. Sólo se descosió en Manchester, pero aquella excepción no hace olvidar sus espectaculares partidos frente al Lazio, Barça, Bayern o Girondins. Al equilibrio defensivo que se supone en cualquier equipo de Cúper, se ha añadido una eficacia goleadora que tiene las mismas características colectivas que la parte defensiva. Si en el Valencia defienden todos, también marca casi todo el mundo, especialmente esos ambiciosos centrocampistas, encabezados por Mendieta y Gerard, dos de los jugadores más cotizados del momento.

Al acordeón del Valencia, el Madrid opone la seguridad que ha demostrado en la Copa de Europa, donde ha ofrecido su mejor versión. En la Liga ha vivido entre distracciones que le han costado un puesto seguro en la próxima Copa de Europa. En este aspecto, el Valencia lucha por la gloria. El Madrid, por la gloria necesaria. De lo contrario, su temporada merecerá críticas desde todos los costados. Sus jugadores se esforzaron ayer por hablar de su confianza en la victoria. Quieren forzar el peso de la historia -el Madrid ha ganado siete copas de Europa, la última hace tan sólo dos años- frente a un rival inexperto. Tanto Raúl como Roberto Carlos recalcaron su absoluta seguridad en la victoria. Menos explícito se mostró Vicente del Bosque, hombre prudente por naturaleza. Sin embargo, el entrenador elogió a sus jugadores, “que no me han fallado en la Copa de Europa”. Lo dijo con orgullo, poco antes de que el presidente le confirmara públicamente como entrenador para la próxima temporada. La cuestión a decidir hoy en Saint Denis es donde estará el Madrid después de la final. O inmerso en una noche triunfal, o expuesto a la crisis que supondría su ausencia de la Liga de Campeones”.

Santiago Segurola (El País, 24 de mayo del 2000)

La octava y la resignación

Al Valencia le pudo el miedo y el Madrid lo aprovechó. La conclusión definitiva es que Del Bosque ganó por goleada a Cúper. Consiguió desarbolar el centro del campo del Valencia y, a su vez, darle la suficiente libertad a Raúl para generar por dentro. ‘Kily’ y Mendieta tuvieron que estar más pendientes de Salgado y Roberto Carlos que de atacar, porque apenas consiguieron pisar el área rival. A partir de este planteamiento, sólo hubo que esperar lo inevitable. Lo explicó bien José Sámano en su crónica. El resto es historia. Una historia a la que debemos mirar con una sonrisa de resignación en la cara. Todo lo que vino después de aquella etapa (hasta 2004), fue cuesta abajo.

Escribir es una forma sencilla de recordar, de revivir el pasado en silencio. Y esto es para eso: para no olvidarnos de que el Valencia un día estuvo bajo los focos más brillantes del mundo. Todo lo que sube, baja. Y viceversa. Una mala noche no empaña el valor de algo, en este caso de un club. Que el fútbol, como la vida, no tiene más meta que hacer sentir a todos y todas los que lo formamos parte de ello. La representación de un sentimiento de pertenencia por parte de un equipo es igual para todos; no se distingue por el número de títulos en las vitrinas. Pero en fin, qué les voy a contar que no sepan, ¿no?

“¿Por qué enfrentamos el instinto a la razón en lugar de dejar que convivan en armonía? Somos contradicción: una parte nos dice hazlo; otra parte nos dice no. Sabemos cuál es el camino, pero en vez de seguirlo, nos salimos; para luego quejarnos por habernos perdido. Inventamos excusas que convertimos en motivos. Confundimos lo que debimos hacer, con lo que realmente hicimos y vivimos. Vivimos, deseando siempre algo que no tenemos y lo perseguimos; no hay uno solo de nosotros que diga que ha conseguido todo lo que un día quiso, porque no se puede. Pero aunque no se pueda, insistimos. Y ese buscar “lo imposible” es nuestra bendición y nuestro castigo. Somos dueños de un montón de sueños. La decepción es el precio cuando se intenta agarrar el cielo, para ver que se te escurre entre los dedos.

Y somos eso: el deseo de ser como nos gustaría, sin poder llegar a serlo. Nuestra razón comprende límite, pero nuestro instinto se niega a verlo. Somos eso: seres imperfectos que sueñan con ser perfectos, y se recriminan a sí mismo sus defectos; que aplauden las grandes gestas, en vez de los pequeños gestos”

¿Por qué I.R.A? (El Chojin con Macarena Berlín)

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